Monday, December 14, 2009

Managua Salsa City: ¡Devórame otra vez!

Managua Salsa City ¡Devórame otra vez!
Franz Galich
126 páginas
Anamá Ediciones 2001


Bastaría el título de la novela de Franz Galich, Managua Salsa City: ¡Devórame otra vez!, para hablar con propiedad de casi todos los aspectos que la crítica ha apuntado respecto a esta novela centroamericana. Ya están presentes en él la ciudad, la tensión entre una cultura local y la problemática influencia foránea (representados en ese extraño ayuntamiento: Salsa/City), la presencia a un tiempo erotizada y violenta del cuerpo humano y, por ende, la marcada tensión que la crítica ha dilucidado entre los espacios de lo privado (el cuerpo) y lo público (la ciudad) en la narrativa reciente del istmo.

Otro punto de encuentro y de primera lectura con esta novela de Franz Galich es la portada misma del libro. Como paratexto, la portada enfrenta al lector con un cuadro erótico atrayente: una mujer muy bella y totalmente desnuda, poseída por un hombre joven y aún con los pantalones puestos, tanto en el sentido literal como metafórico de la expresión.

Además de estos paratextos, hay un intertexto presente en el título que probablemente resultaría innecesario explicar a un centroamericano, pero que apela directamente a la fantasía violenta del cuerpo erotizado: la canción “Devórame otra vez” del salsero Lalo Rodríguez; una canción que, bajo el manto de la diversión que supone una pieza bailable de alto contenido sexual, constituye también un ejemplo perfecto de la violencia intrínseca de los encuentros humanos, con ingredientes que van de la sublimación romántica al chauvinismo viril:

He llenado tu tiempo vacío de aventuras más
Y mi mente ha parido nostalgia por no verte ya
Y haciendo el amor te he nombrado sin quererlo yo
Porque en todas busco lo salvaje de tu sexo, amor

Hasta en sueños he creído tenerte devorándome (…)

¡Ay ven! Devórame otra vez, ven devórame otra vez
Ven castígame con tus deseos más
Que el vigor lo guardé para ti

Pero, por supuesto, sólo después de leer la novela se entienden los alcances totales de estos elementos preliminares de la novela. En todo caso, Galich se ocupa desde las primeras páginas de invertir las expectativas de novela rosa que la fotografía y el paratexto musical del título pudieran sugerir: la trama empieza con una especie de prólogo ambiental en el que se narra una especie de rito de concesión del mundo (o al menos de la ciudad de Managua) de manos de Dios a manos del Diablo. Se nos dice que esto sucede a las seis de la tarde, a la hora en que normalmente oscurece en el trópico, aunque el calor no parece mermar mucho. Con la incursión en la noche y la ausencia de Dios, la novela traza un cambio de registro singular: va de la luz a la noche, de la invocación de Dios a esa última palabra que se balbucea pero que irremediable y necesariamente se pronuncia: “la gran pu-pu…ta!!!” (p. 10). Este descenso al ámbito de la oscuridad, de lo lumpen y lo vedado a la luz, es lo que ha llevado a críticos como Beatriz Cortés a formular su teoría de que “estos textos de ficción exploran los deseos más oscuros del individuo, sus pasiones, su desencanto causado por la pérdida de los proyectos utópicos que antes dieron sentido a su vida y su interacción con un mundo de violencia y caos.”

Es curioso ver cómo los textos que Cortés analiza en su artículo contienen todos episodios centrales que suceden durante la noche: así en Prohibido vivir de Salvador Canjura, en el relato Vaca de Claudia Hernández y en Trece de Rafael Menjívar Ochoa. En estos textos hay una subversión del orden diurno, eso que Masíud Zavazadeh llama la “visión (aparentemente) coherente e integrada de la vida”, y se instala más bien un orden donde las jerarquías se difuminan y la violencia sobresale.

Pero el aspecto que más me llama la atención de esta supuesta nocturnidad de la narrativa contemporánea centroamericana es la oposición que los críticos formulan entre ella (la nocturnidad) y las utopías sociales precedentes. Pareciera como si el lugar del cinismo (para usar palabras de Cortés) fuera necesariamente una contraparte de la utopía en lugar de su necesario correlato crítico. ¿Qué es la noche para Pancho Rana, la Guajira y los demás personajes de Managua Salsa City sino el único lugar posible de la libertad y la ilusión, la “válvula de escape” (p. 56) de una realidad diurna demasiado opresiva por impuesta, por ficticia, por pública?

El asunto es que probablemente no hay espacio para el individuo en la utopía. La utopía por sí misma implica una especie de sanción del colectivo sobre el individuo. La voluntad personal debe rendirse al interés común y, en esa dinámica de continua vigilancia comunitaria (como señala, cada una a su modo, Beatriz Cortés y Roxana Martel), la expresión del deseo personal queda supeditada a la edificación del interés público. Si la búsqueda de la utopía se concretizó en el pasado en la violencia pública de las guerras locales recién acabadas, el correlato personal de esa utopía no tendría más espacio que la violencia personal, no cuerpo a cuerpo sino cuerpo en cuerpo, de las drogas, el crimen y los bajos fondos. Personalmente, no creo que exista una división tajante entre lo diurno y lo nocturno en el sentido crítico que parece darle Cortés. Entiendo su cambio de foco al analizar estructuras de lo privado y la crítica de los valores que se instaura en la nueva narrativa centroamericana desde esa nocturnidad, pero creo que no se podría hablar del fin de una utopía sin tomar en cuenta el germen que impidió a esa utopía realizarse. Ese germen, por lo que se deja leer en Managua Salsa City, es la violencia asumida como forma de legitimación personal.

En esto cabría hablar, por supuesto, de roles de género, y la fuerte carga sexual de la novela apunta hacia esto. Pero también la violencia es una forma de ocupación del espacio. Hay tanto sentido de posesividad en los encuentros sexuales que describe la novela como en gestos aparentemente aislados como el ingreso de Pancho a la casa de sus empleados y el consiguiente viaje en auto por la ciudad de Managua en una especie de safari psico-sexual. El principal móvil de estas acciones aparentemente accidentales es la ocupación: el uso de un cuerpo para ocupar un espacio; lo mismo un cuerpo de mujer en una discoteca que las calles de una ciudad sin ley: “Ya habían pocos carros en las calles, de vez en cuando se veía una patrulla policial. Estos comemierda andan patrullando porque tiene miedo que la gente se levante, dijo Pancho Rana” (p. 46).

Finalmente, hay una palabra que me parece clave en todo esto: devorar. Está presente en el título y está activa en casi cada página de la novela. Veánse, por ejemplo, las constantes ingestas de drogas, de cerveza, de comida; o el efecto de esto: el placer de orinar, la gloria de haber consumido con el cuerpo y haber procesado esa experiencia. Tanto la ciudad como los personajes son cuerpos. Si hay un punto en el que la ausencia de utopías se refleja en esta novela de Franz Galich es en la indomable necesidad que tienen los personajes de llenar sus vidas con algo, lo mismo que la ciudad necesita que alguien la ocupe, la devore y le llene su tiempo vacío de aventuras más…

(AUTOR: Gustavo A. Chaves.)

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