
No sólo es difícil proponer una definición de lo que es la literatura centroamericana, sino que, sea cual sea el concepto que se construya, su valor será tan sólo relativo en un mundo donde la producción literaria de esta región sigue siendo una tierra incógnita y una disciplina aún en busca de legitimidad académica.
Parece como si cada estudioso o creador de la literatura del istmo necesitara, antes de estudiar cualquier texto o fenómeno concreto, proponer una definición de lo que se debe entender por "literatura centroamericana", sus realidades y sus límites.
La estudiosa costarricense Alexandra Ortiz Wallner revisa precisamente estos límites en su breve pero útil ensayo Literatura Centroamericana: Construyendo palabras, en el cual discute, entre otras cosas, el lugar de la literatura en la sociedad actual y su persistencia como modo de construcción de realidades y memorias en una región como el istmo.
Paradójicamente, según Roberto Quezada, la literatura centroamericana se ha visto limitada en su recepción académica y editorial debido al pesado fardo de los conflictos militares recientes en la región, los cuales parecen haber estigmatizado a la literatura local y han impedido que muchas de las otras formas de producción literaria reciban la atención merecida. Además, dice Quezada, la literatura centroamericana adolece de epigonismo respecto a las normas creativas de centros culturales externos, en particular México.
Casi como respuesta a Quezada, Nicasio Urbina explora la producción literaria reciente de Centroamérica y diagnostica un fuerte sentido nacional e histórico en la narrativa contemporánea. No se trata, como podría pensarse, de una producción nacionalista, sino todo lo contrario: es una literatura que entiende bien su posicionamiento geográfico como discurso, pero que no se limita a eso. Su conferencia La literatura centroamericana es un tour de force para quien quiera aprender sobre las infinitas rutas de la literatura centroamericana del último siglo, su importancia, su valor y su actualidad.
Otras rutas interesantes son las que han trazado los mismos escritores centroamericanos. Los costarricenses, por ejemplo, han empleado las últimas dos décadas de su historia es desarmar los mitos de excepcionalidad en lo que se había basado el ficticio y frágil contrato identitario nacional. Esa dimensión crítica de la literatura la excava muy inteligentemente el escritor Rodrigo Soto en su ponencia El mito de la excepcionalidad costarricense, dictada en la Universidad de Poitiers, Francia, a principios de este año. Un compañero de generación de Soto, el poeta y novelista Carlos Cortés, hace lo propio en su artículo El fin de la Suiza centroamericana y en libros suyos recientes como La Novela perdida: Historia personal de la narrativa costarrisible.
Pero este ejercicio autocrítico no es exclusivo de Costa Rica. En cada país centroamericano se ha hecho patente una necesidad de redefinir los parámetros desde los cuales se entiende y estudia la literatura local y regional. Muestra de ello es el artículo de Luis Eduardo Rivera titulado ¿Existe realmente la literatura guatemalteca?, en el refiere los textos principales de las últimas décadas y propone un diálogo entre estas obras y otras de la tradición nacional.
Como se ve, el laberinto de las letras entroamericanas es amplio y contiene multitudes. Las etiquetas funcionan para segmentar y aprehender fenómenos que serían, por lo demás, inconmesurables. Pero la actualidad de la producción literaria centroamericana indica que el laberinto apenas empieza a mostrarnos sus primeras trampas, pues el panorama futuro no parece menos complejo que el que se ha imaginado hasta el momento. Eso sólo habla bien del futuro de estas letras.
(Autor: Gustavo A. Chaves)
No comments:
Post a Comment