Insensatez, de Horacio Castellanos Moya, nos ofrece una visión del exterminio de la población inígena a través de la mirada de un narrador encargado de corregir la documentación testimonial de los indígenas. “mi labor nada más consistía en un afinado y retoque final” (Castellanos, 27). El simple hecho de que haya un corrector de estilo, supone ya una puesta en cuestión del testimonio como documento fiable. La deshumanización de los documentos es paralela a la manera en que estos documentos son transmitidos a la sociedad guatemalteca, según el artículo de Oglesby, a pesar de la importancia de los mismos para asimilar la experiencia pasada. El narrador se va aferrando a esos documentos y finalmente acaba siendo poseído por ellos, convirtiéndose en víctima de su propia obsesión. Esa “insensatez” nacida de la desgracia aparece enmarcada ya desde el paratexto a través del epígrafe y la portada. “Nunca, señor, perdura la sensatez en los que son desgraciados” (Castellanos, 11). En la portada se nos presenta a Caín huyendo del cadáver de Abel, descubierto por Adán y Eva, como ilustración de los descubrimientos que el protagonista irá perpetrando a través de la lectura de los documentos. Entre sus descubrimientos, es significativa la metáfora de una víctima muda, como imagen del indígena silenciado. Aunque el narrador comienza denominándose insensato por aceptar el proyecto, finaliza sintiendo otro tipo de insensatez más férrea, marcada por la realidad social que se encuentra a su alrededor. Este es un rasgo en la literatura y el arte de novelar de Castellanos Moya. “Castellanos Moya, a través de sus personajes patológicos, nos introduce a un mundo narrativo que parte de la realidad y que se convierte en un comentario crítico hacia esa realidad inmersa en una profunda crisis social” (Torres-Recinos, 125). Esa realidad social se caracteriza por la gama de personajes que representan a una sociedad viciada por la violencia o asfixiante, representan al ejército, a la Iglesia, o a la banda terrorista ETA. En algunas ocasiones en la novela se hace mención a la violencia como placer. El mismo narrador, nos describe algunas ideas morbosas y violentas y cede al delirio; “vi el esplendoroso leño haciendo volar por los aires los pedazos de mechones canosos untados de sesos” (Castellanos, 63). Aparece finalmente acosado por algunos hechos reales y otros imaginarios que le hacen tratar de huir para evitar la violencia. Es precisamente la imagen del trauma en su mente la que hace que perdure la memoria y no quiera que se repitan los hechos. Para ello, Castellanos Moya diseña una estructura clara. Durante la primera parte de la novela, encontramos un contraste entre las citas extraídas de los documentos y su propia realidad, alejada de los peligros y miedos del indígena, aunque le cautive el lenguaje de las citas. Toto trata de convencerle de que se lo tome “como una chamba de oficina” (Castellanos, 31). Pero poco a poco, se va adentrando en una realidad social que acaba equiparando gradualmente las citas a su propia aventura. El libro entremezcla las citas con situaciones con su propia vida, llena de acciones superficiales y vanales, dejando a su vez Castellanos Moya entrever la ironía y el sentido del humor en algunos pasajes. El pasaje de la relación sexual con Fátima, por ejemplo, en el que está transgrediendo el mundo del milico. Tras esta situación, al sentirse perseguido, se expresa en un lenguaje similar a las citas de los indígenas, como si estuviera poseído; “con las tripas hechas un nudo de miedo” (Castellanos, 125). Si bien en un principio el narrador parece preocupado por el documento y el dinero, finalmente los hechos ocurridos provocarán en él un delirio in crescendo en el que se mezclan sus percepciones, ya que vive en sus propias carnes el miedo y la persecución. La identificación con los indígenas es constante. La primera frase, “yo no estoy completo de la mente” representa al indígena que no está del todo vivo, destrozado por la imagen que ha tenido que presenciar, pero también al olvido generalizado; a la pérdida de la memoria histórica que esta novela pretende recuperar. El final del libro deja claro que esa defensa de la memoria, aunque es importante mantenerla, tiene su precio y no está exenta de represalias. Desde la primera frase, el narrador está embelesado por el lenguaje indígena, si bien parece ser un recurso o excusa para poder compartir el trauma que va germinando con los personajes que le rodean, como válvula de escape para no perder la sensatez. Es un lenguaje que sólo podría ser reproducido en esas situaciones. Finalmente, cuando se encuentra a Teresa, de quien acaba de leer un testimonio, se da cuenta de la correspondencia con la realidad. El mensaje de esta novela es que tomar conciencia de la realidad es parte del proceso de recuperación del trauma, para finalmente consolidar la herida, teniéndola presente. “paladeaba las frases, repitiendo algunas en voz alta para disfrutar de su musicalidad o rememorar emociones precisas” (Castellanos, 152). Este trabajo mantiene la memoria de un área azotada por la violencia en Guatemala, aunque es significativo que no tengamos referencias espaciales hasta la página 72 (Totonicapán), lo que simboliza la extrapolación de este microcosmos a otros lugares de América Latina.
Realizado por Borja Caballero
Sunday, December 13, 2009
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